Un documento elaborado por el organismo de control interno del Departamento de Defensa expuso la falta de insumos de artillería y las complejidades de la industria militar para sostener el ritmo de reposición.

El análisis técnico identificó déficits estratégicos originados por el intensivo despliegue militar, señalando cuellos de botella en la cadena productiva industrial que dificultan el reabastecimiento de los depósitos. Según las cifras oficiales reportadas entre febrero y junio, Washington destinó más de 22.000 millones de dólares exclusivamente en insumos ofensivos y defensivos, elevando el gasto operativo global de la contienda por encima de los 33.000 millones de dólares.

A los desembolsos monetarios se sumó la pérdida de equipamiento de alto valor en combate, que acumuló daños por cerca de 3.700 millones de dólares. Entre el material destruido durante las incursiones figuran varias aeronaves de combate F-15E y F-35, junto con una treintena de vehículos aéreos no tripulados MQ-9 empleados en las maniobras contra el territorio iraní.

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