Ante el inminente avance de vacunas extranjeras, expertos alertan sobre los posibles peligros para la soberanía sanitaria.

Argentina tiene una larga tradición en producción pública y privada de vacunas veterinarias. A lo largo de los años, el país construyó un ecosistema biotecnológico con plantas habilitadas por organismos internacionales, redes de distribución federales, y capacidad para abastecer su propio rodeo sin depender de insumos críticos del extranjero.

Esa infraestructura no solo sirve en tiempos normales: es la primera línea de defensa cuando aparece una amenaza sanitaria. Gracias a su industria nacional, Argentina ha podido reaccionar rápidamente ante brotes, generar stock estratégico, y mantener una campaña sistemática contra la fiebre aftosa durante décadas.

Hoy, ese músculo productivo se ve amenazado. Las nuevas reglas permiten que vacunas importadas entren con exigencias mínimas, mientras los laboratorios nacionales siguen sometidos a procesos largos y costosos. No hay sistema de salud animal soberano si las decisiones clave —qué se aplica, cuándo y con qué control— dependen de productos extranjeros. Sin industria local, no hay margen de maniobra ante una crisis sanitaria.

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