Hablar de salud mental es un acto de valentía. En un mundo que nos exige productividad constante, competitividad y desconexión emocional, cuidar de nuestra mente y de nuestras emociones se ha vuelto un gesto de resistencia. La salud mental no puede seguir siendo un tema tabú ni un privilegio para pocos: es un derecho humano básico.

Vivimos en sociedades que muchas veces invisibilizan el sufrimiento, que romantizan el agotamiento, y que estigmatizan a quienes piden ayuda. Pero lo cierto es que millones de personas en el mundo luchan todos los días contra la ansiedad, la depresión, el estrés crónico, los traumas y otras condiciones psicológicas sin recibir la contención adecuada. En muchos casos, porque el acceso a la atención mental es limitado, costoso o directamente inexistente.

El medioambiente social también enferma: la violencia, la pobreza, el racismo, la discriminación, la soledad, el desempleo o la opresión de género impactan directamente en la salud mental. Por eso, el bienestar emocional no se puede abordar solo desde lo individual: también es una construcción colectiva, política y social.

Reivindicar el derecho a la salud mental implica exigir sistemas públicos de salud accesibles, educación emocional en las escuelas, espacios seguros donde hablar sin miedo, y comunidades que abracen en lugar de juzgar. Implica también dejar de minimizar el sufrimiento ajeno, dejar de decir “sé fuerte” como si sentir fuera un error, y empezar a preguntar con empatía: ¿cómo estás de verdad?

Porque cuidar la salud mental es también cuidar la vida. Y una sociedad sana no es la que oculta el dolor, sino la que se organiza para sanarlo juntas y juntos.

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